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Pía Mundaca 

Nuevos desafíos para una cultura de comunidad

19 de marzo de 2019

El miedo al otro- cuando es distinto- no es un tema nuevo. Pero en Chile corremos riesgo que se intensifique. Y bien sabemos dónde eso nos puede llevar.

 

Hace unos días un académico de la Escuela de Gobierno de la UC destacaba la hostilidad que presentan los chilenos y chilenas ante la migración. Según la Encuesta Bicentenario 2018, un 85% de los encuestados señala que existe un conflicto entre chilenos e inmigrantes. Además, entre aquellos que señalan que existe un gran conflicto (44% de los encuestados), un 49% pertenece a un nivel socioeconómico bajo. Estas cifras levantan una alarma. ¿Qué esfuerzos e iniciativas estamos desarrollando para aprender a vivir juntos? ¿de qué manera nos hacemos cargo del legítimo miedo de los más desfavorecidos de que no perderán su trabajo? ¿cómo potenciamos comunidades locales cuando estas son cada vez más diversas? son algunas de las tantas preguntas que los datos nos llevan a hacernos.

 

Los esfuerzos institucionales y el predominio del discurso gubernamental en materia de migración han estado puestos en temas vinculados a seguridad y políticas de ingreso a Chile. Lo que más hemos escuchado es que “se está ordenando la casa”. Pero, cómo ordenar la casa sin discutir la forma en que podemos convivir y desarrollarnos dentro de esta.

 

Actualmente Chile no cuenta con una política de integración. Con ello, me refiero a políticas que faciliten la participación efectiva de todos los miembros de una sociedad diversa en la vida económica, política, social y cultural, fomentando un sentido de pertenencia compartido e inclusivo. En muchos casos nos hemos encontrado con iniciativas que reportan al compromiso y apremio que enfrentan distintos sectores tales como educación, trabajo o salud. Pero en la gran mayoría de los casos, la integración de los migrantes a Chile depende de personas comprometidas. Profesores que intentan de diversas maneras que sus estudiantes provenientes de Haití puedan entender las clases, organizaciones no gubernamentales que intentan mejorar el proceso de inserción laboral de extranjeros, iniciativas locales que buscan que los nuevos vecinos del barrio se incorporen a sus comunidades locales. Por otro lado, algunos creen que el desafío que los migrantes se integren a Chile es un desafío de ellos, que depende “del esfuerzo” que le pongan a esta tarea.

 

La integración de los migrantes en Chile no puede depender del compromiso particular de distintas personas, aunque por supuesto es muy necesario contar con ello. Ni tampoco puede depender, absolutamente,  del esfuerzo que pongan las personas extranjeras. El proceso de integración tiene responsabilidades compartidas y en buena parte es una tarea que depende de iniciativas institucionales que encausan y enmarcan el proceso.

 

Chile tiene la oportunidad de desarrollar políticas de integración multinivel que reconozcan que si bien hablar de integración es hablar de acceso a derechos, también es hablar de construcción de vínculos que permiten disipar los miedos. Es hablar de sentido de pertenencia y participación cívica. Es hablar de relaciones y de convivencia. Sin duda, a nivel nacional hay mucho que hacer sobre esto -especialmente en la definición de marcos legales y políticos-, pero no podemos olvidar que la integración de los migrantes sucede a nivel local, y por ello la ciudad es un nivel de acción ineludible. Mientras el Gobierno discute sobre control de migración, muchas autoridades y actores locales enfrentan el desafío de cómo prestar servicios a sus nuevos habitantes y son ellos quienes se enfrentan a las consecuencias directas  de la exclusión.

 

Pensar en la integración de los migrantes considerando el rol de las ciudades es una tendencia que vienen desarrollando hace ya algunos años países con una amplia tradición migratoria. Es desde su experiencia donde se ha concluido que las ciudades tienen una combinación única de factores y oportunidades para la inclusión de los recién llegados. Ciudades como Amsterdam, Barcelona, Atenas o Nueva York se preguntan hoy  cómo sus sociedades pueden beneficiarse mutuamente de los migrantes. Esto ha llevado a la creación de distintas iniciativas: alianzas entre gobiernos regionales, empresas y ONGs han permitido responder a demandas de la economía local no resueltas previamente; servicios de orientación e información para migrantes en infraestructura pública como el caso de bibliotecas locales; escuelas públicas que han desarrollado espacios de interacción y conocimiento entre madres, padres y apoderados nacionales y extranjeros, son algunas de las distintas iniciativas que el mundo hoy nos pueden mostrar y que podemos pensar cómo desarrollar.

 

En suma, tenemos que dar nuevos pasos en la discusión migratoria. Tenemos que pensar cómo vivir con los nuevos vecinos y vecinas que tienen los distintos barrios a lo largo de Chile. Tenemos que ser enfáticos que en esta tarea nadie sobra. Construir comunidad es una tarea del Gobierno, pero también de los actores locales, organizaciones de la sociedad civil, juntas de vecinos, establecimientos educacionales y por supuesto, también de los mismos migrantes. Lo que sí, lograrlo no sucederá por generación espontánea ni tampoco, únicamente,  por el compromiso de ciudadanos ejemplares.