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Juan Pablo Ramaciotti

A un metro de distancia

14 de octubre de 2019

La futura construcción de una estación de metro en el Parque Araucano de Las Condes ha generado discusión a raíz de la oposición de vecinos que temen la llegada de delincuentes a su barrio. Diversas voces han respondido que es un juicio discriminatorio, que no hay evidencia de que el aumento de la movilidad dentro de la ciudad traiga consigo aumento de la delincuencia y que el metro facilitaría el desplazamiento a personas que hoy van a prestar servicios precisamente a los vecinos que viven en ese sector.

Sin embargo, este tema no se trata sólo de la construcción de una estación de metro. No es sólo una decisión técnica que se deba tomar evaluando posibles impactos en la seguridad y las áreas verdes del parque. Se trata también de la negativa que existe a la posibilidad de que otros se acerquen a mi barrio porque no quiero tenerlos cerca. Y ese rechazo a estar cerca de otros distintos pareciera ser defendido como un legítimo derecho: el derecho a que se seleccione qué familias pueden entrar a un colegio, el derecho a que no construyan viviendas sociales en mi barrio, o el derecho a no tener que vivir cerca de personas migrantes.

Cercando colegios, barrios o fronteras no sólo estamos excluyendo, juzgando y negando la dignidad de otras personas, sino que también nos estamos deshumanizando al no importarnos la suerte de esas personas. Estamos de acuerdo con la urgencia de actuar ante la violencia en barrios tomados por los narcos, pero no estamos dispuestos a que exista integración social y urbana en el barrio donde yo vivo. Hay que mejorar la educación pública, pero no quiero políticas educacionales que les quiten privilegios a mis hijos. Nos escandalizamos por la crisis de Venezuela, pero cuando vemos que están entrando muchas personas al país restringimos la entrada aunque miles sigan necesitando ser recibidos.

Es triste lo que piensan algunos vecinos de Las Condes. Algo similar ocurre con quienes se niegan a abrir horizontes: sea a personas migrantes, a personas de diversas orientaciones sexuales o incluso a quienes tienen otras posturas políticas, como lo vimos en la Universidad de Chile esta semana. Si esas voces se imponen en encuestas, medios comunicacionales o la esfera pública, el riesgo de caer en populismos que profundicen el individualismo y la odiosidad nos va a acercar a lo que ya están viviendo otros países. Por eso es tan importante no dejar de reivindicar un proyecto de país que impulse políticas serias, responsables y bien planificadas, siempre apuntando a una sociedad solidaria, que avance en conjunto y saque a relucir lo mejor de todas las personas. No nos quedemos en lo que somos, o lo que siempre hemos hecho; sino en qué sociedad y personas queremos ser.

Columna publicada en La Tercera

Director de Incidencia y

Estudios SJM Chile